El camino

2. Mi Camino

 

Soy de la generación del ’78. Soy porteño, argentino. A los 9 años me di cuenta de que quería ser escritor. Bastó con pasar un sueño a papel para advertir la magia que las palabras ejercían sobre mí. Luego de defenderme durante algún tiempo con lapicera y hojas de carpeta con renglones y margen en rojo, me gradué a una máquina de escribir Olivetti que teníamos en casa. Un armatoste hermoso. Todavía puedo recuperar el sonido de las teclas pegando en el papel, y el timbre que avisaba la cercanía de la frontera más allá de la cual las letras se volvían invisibles. Poco tiempo después tuve una máquina propia. Si la anterior era un camión con acoplado, ésta era un dos puertas descapotable. Livianita, amable, trató de usar sus virtudes para que no extrañara tanto a la Olivetti.

Hasta los 16, 17 años escribí cosas de nene, de adolescente. Después descubrí la poesía, la que fluía de mis manos, ya que nunca me había atraído leer la de otros. Esas primeras poesías me llevaron a mi primer libro editado, Mártires, Demonios y Héroes, en 1998, con el sello editorial de José Luis Mangieri, Libros de Tierra Firme. Apenas había egresado del Nacional Buenos Aires, y estaba pensando en estudiar la carrera de Filosofía. Aunque no lo quisiera, fue un evento que cambió mi manera de escribir y de pensarme como escritor. El tránsito de ser un adolescente que vuelca sus sentimientos en una hoja -de carpeta fueron aquellas, parecidas a las que usara en mis primeros viajes- a ser un autor publicado, por más que de una manera modesta, requirió un intenso trabajo de adaptación.

Paralelamente, descubrí que lo que enseñaban en la facultad de filosofía era aburrido, materia muerta. La verdadera filosofía estaba en otro lado, y si quería la información que aquellos profesores desapasionados entregaban en auditorios de 200 personas, allí estaban los mejores libros de la historia esperándome. Dejar la carrera me permitió volver a tener todo el tiempo disponible para mi escritura, y luego de batallar con la novedad de la edición durante un par de años, logré escribir un material con el que me sentía más o menos a gusto. Así surgió la edición de mi segundo libro y primer novela, La Búsqueda, año 2000, editorial Corregidor.

Los siguientes tres años los pasé luchando con la imposible ballena blanca que es escribir una buena novela a esa edad, y enfrascado en ejercicios de poesía que cada vez más se acercaban a un terreno que luego sería propio, mezcla de poesía automática, continua, prosa poética, narrativa. El fruto de ese viaje en particular fue mi tercer libro, un tríptico poético llamado Tercer Binario, El Demiurgo, Fotografías, de nuevo con la editorial de Mangieri, año 2003. El primero de los tres volúmenes incluidos, prosa poética. El segundo, poesía narrativa con momentos de poesía continua. El tercero, poemas cortos, a manera de diapositivas.

El año en que se armaba aquel libro lo pasé desarrollando mi particular estilo de poesía. El punto culminante fue Kobune, un libro que es una sola poesía de 100 páginas, una épica que discurre como el agua, transformándose frente a los ojos del lector -y del autor-. Junto con Kobune -que lo podrán encontrar para descargar en formato digital en la página-, se profundizó mi conflicto con la industria editorial. Salirse intencionalmente de los márgenes y correrse de las estructuras en una época dominada por lo comercial se puede pagar caro. Lo cual no tiene nada que ver con la calidad; un libro de esas características puede ser cualquier cosa desde excelente a pésimo, lo mismo que los libros que sí son aceptados en el mercado. Pero de eso van a poder leer más a fondo en mi Declaración de Principios.

Un poco cansado de los concursos inútiles y la clausura cultural, me di cuenta de que necesitaba algo nuevo para decir. No era sólo el tema de las editoriales. Estaba cansado de escribir lo mismo. Y para encontrar un nuevo universo narrativo, tenía que dejar de escribir un tiempo y atravesar otras experiencias. Vivir más, en suma. Desde ese momento de claridad hasta el comienzo de mi siguiente novela pasaron siete años, aproximadamente. En el medio, nombrándolos en desorden, hice unos cuantos viajes, y aquí van…

Estudié improvisación teatral y luego dirigí algunos proyectos de experimentación en el género. Me subí al escenario por primera vez. Estudié clown y, siendo Toshiro Budini, me subí al escenario de nuevo, monté una varieté, escribí números, y me divertí muchísimo. Me metí con la actuación dramática, escribí una obra, la ensayamos, no la estrenamos. Cualquiera que haya hecho teatro entenderá de lo que hablo. Fui conductor de mi propio programa de radio en una AM, y luego fui productor para el programa de unos compañeros de teatro que estaban más perdidos que yo en el tema. Pinté cuadros, primero en óleo y luego en acrílico. Mi inhabilidad con el dibujo figurativo me llevó hacia ellos, ya que son todas obras abstractas, y me di cuenta que no saber dibujar puede ser una ventaja a la hora de crear. ¡La libertad de la forma! Luego pinté remeras, y luego pantalones, y luego aprendí a hacer remeras y pantalones para luego pintarlos, o no. Estudié piano, y gracias a eso pude entender a Debussy, a Satie, a Beethoven, a la música clásica. Y a la música en sí, la pude captar desde otro lado.

 

Muchas otras cosas me ayudaron a formarme como autor, a conocer mejor el mundo y a mí mismo. Hablo y hablaré de ellas con mayor detenimiento en mi blog, pero a modo de resumen: trabajar de relaciones públicas para Colihue, y vender lámparas y artefactos eléctricos, me acercaron al trato diario con la gente, a un pulso de la realidad que no lo puede dar ninguna academia. Reparar y cambiar componentes de artefactos, barnizar y pintar madera y pintar paredes, instalar alguna que otra luminaria, me hicieron descubrir el placer del laburo con las manos. Aprender italiano sin profesores, sólo con libros y la RAI, y luego utilizar los conocimientos en un viaje a conocer el pueblo donde nació mi viejo, todo eso me demostró nuevamente que dependemos en exceso de las guías y las instituciones, y que somos capaces de enseñarnos muchas más cosas de las que creemos. Vagar por la ciudad de noche, caminar y perderme saltando de un colectivo a otro, me mostró que no hace falta irse muy lejos para pegarse flor de viaje. Los juegos de computadora -en red y solitario-, y luego los juegos de mesa modernos me abrieron la cabeza a un universo donde la creatividad, la destreza, la inteligencia y la madurez cobran nuevos significados. Aprender a cocinar, para mí, para mis seres queridos, me dio la posibilidad de regalar calidez, y de entender cuánto cuesta hacer algo de gran calidad, que luego dura tan poco. Toda una lección sobre el soltar, y la generosidad.

Me enamoré y me casé. Cuando digo casarme, imaginen al novio y a la novia disfrazados de clown, con una payasa y un payaso oficiando la ceremonia y todos los invitados con narices rojas.

Empecé a dictar talleres de redacción y creatividad, con el axioma de que no hay un método, y de que nuestra tarea es ayudar a que cada uno encuentre su propia voz, o al menos se anime a enfrentar ese camino, hay quien dice que es un proceso que nunca termina. Los talleres marcaron un nuevo momento en mi vida, pues tengo la oportunidad de ser para otros el profesor que siempre quise tener, y de hacerlo hombro con hombro con mi compañera de vida, Ana.

Un escritor es todo esto. En mi opinión, escribir es sentir una insaciable curiosidad por el mundo y los seres humanos, por uno mismo y por las múltiples posibilidades del viaje. Por lo luminoso y lo oscuro, y las infinitas gradaciones y mezclas. Se puede escribir acerca de muchas cosas sin haberlas vivido, pero, al igual que el actor, atravesar experiencias en primera persona carga al propio arte con una profundidad y una vitalidad que de otra manera es inalcanzable.

En algún momento de ese viaje, me di cuenta que me picaban un poco los dedos, y el cerebro, y el corazón… Y me senté a la computadora como no lo hacía desde hace tanto, para empezar una novela.

Lo que pasó después, es esto. Es este proyecto de apertura cultural, de generosidad, de no seguir visitando los viejos y estériles caminos comerciales, esos que no llevan a ninguna parte. Es este ofrecer mis libros gratuitamente, con los años y el esfuerzo que me han demandado, para que, si algo de bueno le pueden llevar a la vida de otro ser humano, que el dinero nunca sea un obstáculo. Lo explico mejor en mi Declaración de Principios, el por qué no a lo que venía haciendo, y el por qué sí a esta idea nueva. Lo importante es que ahora, como siempre, estamos viajando

Actualización: el ser está en constante movimiento. Desde que escribí estas palabras, muchas cosas pasaron, tantas que a veces me propongo hacer borrón y cuenta nueva de este texto, pero la naturaleza misma de los cambios, su vértigo, me impide encontrar un tono distinto con el que me sienta a gusto. De modo que voy a contarles algunas de las cosas que ocurrieron más allá de la frontera que ese no punto final marcó cuando armé la página allá por principios del 2013. O fue el 2012? De cualquier manera, esa novela que es El Bosque Más Allá de la Última Antorcha se vio acompañada por un nuevo libro de poesía, Suave Lengua del Tiempo, que por supuesto podrán descargar aquí. En algún momento terminaré de escribir Mar, mi próximo libro, al que ya no le falta tanto.

Decir que me aventuré en el mundo de los podcasts ya queda viejo, aunque para este texto es una novedad: La Barca del Infinito, al momento de tipear estas líneas, cuenta con 17 Episodios en los que, con Anushka, utilizamos los juegos como puente para hablar de filosofía, psicología, antropología y muchas cosas más. Pero claro, hasta eso está en movimiento: el próximo horizonte de La Barca es soltar los juegos como temática exclusiva, y si bien vamos a seguir hablando de ellos, vamos a incorporar otras temáticas que satisfagan nuestra móvil e inquieta curiosidad.

Los juegos de mesa… Mis juegos de mesa. Un tiempo después de armar esta web diseñé y publiqué mi primer juego de mesa, uno de narrativa en tiempo real llamado Días de Radio. Una experiencia hermosa. Un año más tarde salió mi segundo diseño, Los Viajes del Capitán Foucault, uno de deducción social en el que los jugadores encarnan a filósofos extraterrestres de otra dimensión que viajan por el tiempo y el espacio, llegan a la Tierra del siglo XXI y se dan cuenta que es un desastre… Así que viajan a nuestro pasado más influenciable para tratar de “arreglarnos”.

Trataré de mantener esta sección más actualizada en el futuro, pero no sé, es difícil prometer estas cosas. Igual creo que el que llegue acá estará más enterado que lo que el texto cuenta, así que para qué preocuparse.

Hasta la próxima!