Novelas

4b. Libros - Mis Obras Preferidas

 

La novela es un animal exótico. Como suele ocurrir con este tipo de criaturas, el primer contacto que tenemos es a través de un otro. Alguien cuya habilidad ha permitido mostrarnos una especie en particular, su maravilloso comportamiento, su manera de moverse, almentarse, su devenir vital. Si el autor es realmente bueno, logrará lo imposible: amansarlo, conseguir que se deje acariciar, que no salga corriendo ante la menor señal de riesgo. Incluso hay quienes llegan a domesticarlos, y estos animales viven a su alrededor, se quedan a su lado, porque así lo desean. Las novelas son seres libres, y aún cuando parezca que se han acostumbrado al autor, si reciben un trato injusto o el que las escribe se cree su dueño, vuelven a su estado más salvaje. 

Crecí viendo el trabajo de documentalistas legendarios. Dostoievski, con sus osos oscuros y taciturnos. Kafka, con sus iguanas que se quedan quietas durante horas, hipnotizando al que las observa, hasta que de golpe se han movido sin que nos demos cuenta. Thomas Mann, con sus ciervos gráciles y elegantes. Luego aparecieron Henry Miller y sus gatos que hacen la noche, Faulkner y sus zorros que saben acurrucarse arriba de una chimenea o cazar en el peor de los pantanos, Roberto Bolaño y sus monos capuchinos, ladinos y adorables. 

Me llevó mucho tiempo y trabajo acercarme a mis animales salvajes. De chico me abalanzaba sin delicadezas, quería que hicieran gracias sin ganarme su confianza, y pretendía que actuaran por fuera de su naturaleza. Fui mordido, arañado, los vi escaparse, y los que se quedaron lo suficiente se echaban lánguidos y aburridos sintiendo que había mucho más afuera de mi obra que lo que yo podía ofrecerles. Fui aprendiendo, entendiendo lo que necesitan. Fui creciendo con ellos. Hace unos años, comencé a escribir una novela abierta llamada El Bosque Más Allá de la Última Antorcha, aunque en ese momento el animal aún no me había confiado su nombre. Y sentí, por primera vez en mi vida, que era capaz de hablarle. De alimentarlo. De percibir su respiración, saber cuándo dejarlo tranquilo y cuándo agitarlo para que salga de cacería. Aún hoy, cuando escribo Mar y Brea, dos criaturas muy distintas, siento que tengo que estar muy atento a sus deseos y ritmos vitales. Sin embargo, la extrañeza desapareció. Los considero mis amigos. Nos falta un largo camino, pero lo podemos transitar juntos, en vez de andar persiguiéndolos. 

 
 
 

El Bosque Más Allá de la Última Antorcha

(novela abierta)

 

 

Brea

(próximamente)

Mar

(novela – adelanto)